El interior del vehículo blindado se siente como una cámara de descompresión donde el oxígeno me escasea. La furia de Adrián emana en ondas gélidas que me obligan a encogerme contra la puerta; evito cualquier contacto con el cuero del asiento que comparto con mi captor.
Adrián no me mira, pero su mano derecha, todavía con el vendaje manchado de sangre, aprieta su propio muslo con una fuerza que delata el esfuerzo sobrehumano que hace para no estallar en este preciso instante. Con la mano izqui