NARRA ADRIAN
–¡No quiero mirarte! ¡Me repugnas, Adrián! –me grita ella con una ferocidad que me descoloca, poniéndose de pie con una valentía suicida que nace de su desesperación más absoluta, mientras me enfrenta en medio de la habitación con el rostro bañado en un llanto que brilla bajo la luz tenue de las lámparas de cristal. –Verte me da náuseas porque te aprovechas de mi necesidad, porque me vigilas como si fuera un animal de laboratorio y porque tienes la audacia de llamarlo amor cuando