Valeria obedece, sentándose tan cerca de él que sus muslos se rozan inevitablemente con cada leve turbulencia o movimiento del avión. La proximidad física es asfixiante; puede oler el tabaco caro y el coñac que Adrián siempre parece exudar, y la calidez de su pierna presionando contra la suya le impide concentrarse en los números que bailan ante sus ojos.
Él despliega los planos y contratos, extendiéndolos de tal manera que ella debe inclinarse sobre él para leer, lo que obliga a sus hombros