Sus ojos grises, usualmente gélidos y calculadores, están ahora inyectados en una rabia asesina, y su mano derecha, la que todavía conserva el vendaje manchado de sangre de la noche anterior, se cierra en un puño que tiembla por el esfuerzo de no sacar el arma que asoma en su cintura. La presencia de Adrián consume todo el espacio, transformando la clínica en una extensión de su propia mazmorra personal.
–¿Crees que puedes huir de mi casa, robar uno de mis autos y venir a este lugar para rev