Sanathiel huía del orfanato, con las manos aún manchadas de sangre y el alma cargada de culpa. Los ecos de los gritos y el olor a quemado seguían persiguiéndome mientras avanzaba por el bosque. Los árboles parecían mirarlo con desaprobación, pero también lo ocultaban de un mundo que jamás entendería lo que acababa de hacer.
Tropezó, exhausto, con el suelo húmedo. Su cuerpo temblaba, no solo por el frío, sino también por el miedo. "¿Qué soy?", se preguntó mientras veía sus manos, ahora vacías, p