El amanecer teñía el horizonte con un rojo profundo, como si el cielo mismo anunciara la tragedia que estaba por venir. En la habitación principal de la mansión Kerens, el aire era denso, cargado de humedad y de un hedor a muerte que calaba hasta los huesos. Allí, en una cama cubierta de sábanas gastadas, yacía Luciano Kerens, el patriarca caído, su cuerpo reducido a un caparazón de lo que alguna vez fue.
—Varek… —susurró con voz ronca, mientras un temblor sacudía su débil figura—. Primogénito