La lluvia caía con furia, mezclándose con el sonido de los pasos apresurados de Rasen mientras arrastraba a Aisha fuera de la mansión. Su agarre era firme, casi violento, pero ella no se resistía. Su cuerpo temblaba, no solo por el frío de la tormenta, sino por el miedo que se apoderaba de su interior.
Al llegar al borde de un jardín descuidado, Rasen la soltó bruscamente. Aisha cayó de rodillas sobre el césped húmedo, el frío de la hierba impregnando su piel.
—Mírame bien, Aisha, —dijo Rasen,