8. BRINA: CARTAS SOBRE LA MESA
El motor rugió con fuerza mientras el vehículo se deslizaba por las solitarias calles que conectaban el territorio ancestral de la manada con la ciudad. Lyra, mi amiga, iba con el rostro pálido, sujetándose del asiento con evidente terror.
—Baja la velocidad, por favor —me suplicó.
Aflojé el acelerador solo porque la quiero, no porque quisiera hacerlo. La verdad es que no eran las ruedas las que corrían, sino mi mente y mi corazón. Aún sentía la marca ardiente en mi cuello, una comezón delicios