Cuando abrí los ojos, no supe de inmediato si estaba despierta o aún atrapada en algún rincón húmedo de mi inconsciente. Todo era penumbra y mi cuerpo se sentía pesado, como si hubiese estado dormida durante siglos.
El suelo frío me rozaba la mejilla y un tenue resplandor azulado vibraba a través de mis párpados. Me obligué a abrir los ojos por completo.
Estaba en mi habitación, sí, pero algo andaba mal. Muy mal.
La lámpara de mi buró parpadeaba como una vela a punto de extinguirse, proyecta