Mundo ficciónIniciar sesiónLa última semana la pasamos teniendo sexo en todos los rincones donde nos encontrábamos.
El trato era que solo sería eso, sexo. Pero mi estúpido corazón, al parecer, no entendió las reglas y ahora lo único que quiero es estar cerca de Alex y, por cómo me mira, por la forma en que me busca incluso cuando no hay nadie mirando, diría que él siente lo mismo.
Llevamos dos meses casados, la convivencia es genial, tranquila, fácil, como si siempre hubiéramos vivido así, y ya no puedo seguir negándolo: estoy enamorada de Alex. Pero hay algo que me ha tenido inquieta estos últimos días. No me ha bajado este mes y, luego de quitarme la duda con una pequeña prueba que ahora sostengo entre los dedos, me maldigo por haber sido tan estúpida.
¿Y si esto era lo único que quería? —La voz de mi inseguridad se manifiesta con fuerza en mi cabeza.
No. No puede ser eso. Él me ha demostrado todo este tiempo que me quiere, con pequeños detalles, con su forma de tocarme, con su cariño día a día, con la manera en que me abraza cuando cree que estoy dormida.
Le pido a uno de los hombres que me lleve a la empresa. No es lo que yo buscaba tan pronto, no era parte del plan, pero quiero darle la noticia. Me hace mucha ilusión ver su reacción, después de todo eso es lo que siempre dijo que quería: tener un hijo mío. Y como van las cosas entre nosotros, como hemos estado últimamente, creo que los tres podríamos ser muy felices, incluso si este embarazo llegó como una sorpresa.
La ansiedad y los nervios no son mis mejores amigos. Una hora después estoy subiendo al ascensor que me lleva al último piso, donde está su oficina, mirando una y otra vez la pequeña prueba en mi mano como si pudiera desaparecer.
El pasillo está vacío y su secretaria no está en su puesto.
¿Estará ocupado?
Tomo el pomo de la puerta y entro a la oficina con la prueba de embarazo todavía en la mano.
La secretaria no está en su puesto.
Está inclinada sobre el escritorio de Alexander.
Sus manos se aferran al borde mientras su espalda se arquea y su falda está subida hasta la cintura. Alexander está detrás de ella, pegado a su cuerpo, moviéndose con una familiaridad que me resulta demasiado conocida.
—Eso… así —murmura él con una risa baja—. Mucho mejor que esa tonta que me espera en casa.
La mujer suelta un gemido agudo.
Alexander le da una palmada en la cadera, fuerte, el sonido seco golpea la oficina como un disparo.
—¿Te gusta cuando te trato así? —dice él, tirándole del cabello para obligarla a levantar la cabeza.
Ella gime otra vez, completamente entregada a él.
Durante un segundo todo dentro de mí se queda en silencio.
Ni siquiera siento el aire entrar a mis pulmones.
Sostengo la pequeña prueba blanca entre mis dedos y miro al hombre al que vine a darle la noticia más importante de mi vida.
El hombre del que acabo de admitir que estoy enamorada.
Tengo dignidad. No haré un escándalo en este lugar.
Cierro la puerta sin hacer ruido.
Camino hasta el escritorio con una calma que no siento, como si mi cuerpo estuviera funcionando solo mientras mi mente se rompe en mil pedazos.
Ellos ni siquiera me notan.
Dejo sobre el escritorio de la mujer una nota junto al anillo de bodas y el de compromiso.
“Adiós, hijo de perra. La tonta ya no va a esperarte en casa”
soy una idiota, por no haber sido cuidadosa y por enamorarme del hombre que me dejó claro desde el principio que haría lo que le diera la gana. No lo creí. Pensé que conmigo sería diferente y ahí están las consecuencias de ser una idiota.
Las personas no cambian, son siempre iguales, solo se ocultan el tiempo suficiente fingiendo ser algo distinto. Alexander es tan m****a como John, y lo único que quería era un hijo, mi bebé. No lo tendrá. Al carajo él y al carajo todos.
Salgo de la empresa con los ojos llenos de lágrimas, caminando rápido para que nadie vea cómo se me enrojecen los ojos. Mi auto se acerca a la entrada y no le doy tiempo a Robert de bajar para abrirme la puerta. Lo hago yo misma, con las manos temblando. Solo quiero llegar a casa, tomar algo de ropa y largarme de aquí antes de que Alexander tenga siquiera la oportunidad de ir a casa.
Minutos después, noto que no tomamos el camino de siempre.
Levanto la vista, limpiando mi rostro de las lágrimas que siguen cayendo sin control y entonces lo veo.
No es Robert quien conduce.
—Pensé que sería más difícil convencerte de que subas al auto, pero subiste por tu cuenta. Tu padre quiere verte, hermosa.
Es un hombre grande, de ojos claros y de aspecto peligroso. Hay algo en su forma de hablar que hace que el aire dentro del auto se vuelva más pesado.
—¿Quién demonios eres y por qué John quiere verme?
Pregunto. No me asusta la situación tanto como debería. He sido interceptada por uno de sus secuaces demasiadas veces como para sorprenderme.
—No sé quién sea John, preciosa. Tu padre es Declan Prescott y te está esperando para llevarte a casa, donde perteneces. A tu verdadero hogar, con tu único familiar.
Esto debe ser un error. Tiene que serlo. Seguramente se equivocó de persona y ahora está llevándose a la mujer incorrecta.
—Detente. Obviamente cometiste un error. Mi padrastro se llama John Beaumont. Te estás llevando a la persona equivocada. Déjame bajar para volver a mi casa.
—No hay ningún error. Eres la hija de Susan Caparano y tu padre es Declan Prescott. Naciste el 22 de mayo del año 2002 en Antrim, Irlanda y te casaste con un imbécil que te engaña. ¿Por eso lloras? Tranquila, tu padre es un buen hombre y le hará pagar a todos el daño que te hicieron. Yo me encargaré personalmente de eso.
Me ofrece un pañuelo. Lo tomo casi por reflejo.
En cualquier lugar estoy mejor que aquí.
—¿Cómo te llamas?
No sé por qué me importa saber su nombre, pero claramente sabe más sobre mí de lo que esperaba. ¿Mi padre no está muerto como mi madre me hizo creer y ahora voy en camino a conocerlo?
—Me llamo Peter. Un gusto tenerte frente a frente, al fin, Bárbara. Créeme que es todo un placer después de tanto tiempo… siguiéndote. ¿Lista para ir a casa?
Pongo mis manos sobre mi vientre y respiro hondo.
Peter nota el movimiento y frunce el ceño.
—Estamos listos.







