Siento un nudo en el estómago y pongo mis manos sobre mi vientre, tratando de calmar el latido acelerado. Peter nota el movimiento y frunce el ceño, entendiéndolo.
— Estamos listos —digo, sin apartar la mirada de la carretera.
—Ya veo —responde en un hilo de voz. Acelera, empujando el pedal con decisión—. No te preocupes, en poco tiempo llegaremos.
El motor ruge, el paisaje cambia, y me deshago de todas mis cargas abandonándolas más allá del camino rural. No sé qué me espera, ni a donde