—Alexander, por favor —Roisin por fin dice algo, y me alegra que le pida a ese idiota que se vaya—. Vete, que Peter y yo necesitamos espacio.
No voy a hacer mi papel de pendejo como él. Ni siquiera lo miro cuando se levanta del sillón, solo los observo a ellos: a mi mujer y al pequeño que tiene en brazos. Escucho cerrar la puerta; esa rata se fue.
Mi pequeño fuego.
Me acerco a la cama y me siento junto a ella, quien no puede contener las lágrimas. Su perfume todavía me quema la nariz, mezcla de