Nuestras miradas se encuentran.
Sus ojos son de un gris tormenta profundo, casi plateado bajo la luz tenue del interior del vehículo. Los míos, casi negros como el café que supuestamente vinimos a beber.
—Me refiero a que fingiste un accidente a pocos metros de mi casa solo para llamar mi atención —inclino ligeramente la cabeza, estudiándolo—. ¿Qué clase de loco haría algo así?
Él se ríe con gracia; hasta su risa tiene algo sofisticado. No disimula cuando me observa con mi hermoso vestido rojo,