Ivan, toma mi mano como si fuéramos una pareja de años y me guía hacia el interior. El vestíbulo es amplio, elegante, silencioso a pesar de la hora. Todo huele a madera pulida, mármol reluciente y dinero.
Hay dos ascensores, pero el que elige el ruso parece ser privado. Connor e Ian entran al otro sin decir nada.
—Todo el último piso es mío —dice con naturalidad mientras las puertas se cierran—. Igual que este hotel. Y muchos otros más. Tengo propiedades por todo el mundo: hoteles, restaurantes