IVÁN.
Esa misma noche al salir del hospital, me presenté en la mansión Harrington. No tenía nada, solo el pequeño e insignificante corte sobre mi ceja, rojo oscuro y aún tibio al tacto, y un par de golpes que me recordaban con cada movimiento el auto que me arrollo.
Sí, me dejé arrollar por mi hermano. Lo planeamos bien y fue una suerte que después de varios días la encontráramos fuera; fueron cuatro días perdidos, pero gracias a este idiota supimos que ni su padre ni su esposo estarían en casa