Iván reacciona de inmediato y baja mi cabeza con firmeza, obligándome a inclinarme contra su pecho mientras su brazo me cubre. Aunque el vehículo es blindado, los impactos comienzan a retumbar contra la carrocería como golpes secos y constantes, demasiado seguidos, demasiado cerca. El metal vibra, el vidrio cruje, y sé que, en algún momento, va a ceder.
No pienso en otra cosa que no sea en mi hijo, en mi padre, en mi hermano.
—¡Aiden! —grito con todo lo que mi voz alcanza a romper, pero el soni