La voz de Iván corta el aire y piso el freno con fuerza; el vehículo vibra, se arrastra unos metros más antes de detenerse por completo, el cinturón se clava en mi pecho y el volante tiembla bajo mis manos. No sé cómo demonios seguimos vivos, con el metal perforado por impactos, el interior cubierto de polvo, vidrio y restos de todo, el olor a pólvora y combustible quemado pegado en la garganta mientras el motor aún ruge bajo nosotros, como si se negara a apagarse, como si se aferrara a la vida