Su voz se vuelve más grave, más lenta, marcando cada palabra con precisión quirúrgica.
—Puedes tomar estos papeles y quemarlos. Puedes regresar a Irlanda, a Londres, a donde quieras. Si eliges no quedarte conmigo, lo aceptaré. No te obligaré a nada. Esta es tu elección. —Sus manos se aferran a mi cintura, casi imperceptiblemente, como un recordatorio de que mi mundo depende de esta decisión.
El corazón me late tan rápido que temo que explote. No puedo irme. No debo. Sería nuestra ruina. Le di m