Iván niega con firmeza, moviendo el índice de un lado al otro, lento, casi hipnótico, como marcando un límite que nadie debe cruzar.
—No la odiamos por ser la hija de esa mujer —su voz es fría, medida, cortante—. La odiamos porque ella es igual de cruel que su madre. Las dos lo eran. Ha hecho que mi padre se pusiera en nuestra contra incontables veces. Nos trataban como basura, como si nuestra existencia no valiera un carajo.
Sus ojos me atraviesan, y siento un escalofrío recorrerme la espalda.