—¿Qué fue ese ruido, Mad? ¿Estás con alguien más? —preguntó Ana, con las mejillas sonrosadas.
Mad se levantó, frustrado hasta el punto en que se perdía la cordura.
—Quédate aquí, ya vuelvo —partió a la cocina.
Ni Dios y su infinito poder salvaban de ésta a la gata, que estaba a punto de perder una de sus siete vidas.
Ella recogía una olla y algunos cubiertos.
—¡¿Qué crees que haces?!
—Distracción. Me alegro de que te hayas reconciliado con tu novia, pero no puedes tener sexo con ella aquí,