Mad despertó convencido de que ni en el infierno lo querían. Seguía vivo cuando debía estar muerto y no había analgésico que aliviara el dolor que lo embargaba. No deseaba saber el desenlace de todo y descubrir que ya no habría vuelta atrás.
Toro entró a la habitación. Un parche le cubría el ojo izquierdo y varios rasmillones le surcaban el rostro. En el pómulo izquierdo tenía una quemadura.
—Ya todo acabó, estamos en un hospital a tres kilómetros del pueblo. Los refuerzos llegaron a cargo de