El susurro tenue de los árboles se perdía entre el bullicio de la ciudad. Era tarde, pero no todos dormían. Los fiesteros, los trabajadores nocturnos y los que hacían del delito su trabajo estaban alerta, la jornada apenas comenzaba.
Estacionado a la sombra que el ramaje de un abedul le proporcionaba, había un auto con dos ocupantes, un hombre y una mujer.
Ella abrió la puerta para bajar. El gélido aliento de la noche la hizo cerrarla de inmediato y volver a su puesto.
—Es una noche muy fría,