Elegirse no fue un acto heroico.
No hubo música interna, ni una frase definitiva que lo ordenara todo. No fue un momento exacto en el tiempo. Fue una acumulación de gestos pequeños que, vistos en retrospectiva, formaban una decisión clara.
Adriana lo entendió una mañana cualquiera, mientras preparaba café en silencio. No estaba pensando en el pasado ni proyectando el futuro. Estaba simplemente allí, observando cómo el vapor subía lento desde la taza, cómo la luz entraba por la ventana sin pedir permiso.
—Esto soy ahora —pensó— Y no necesito justificarlo.
Durante mucho tiempo, había vivido definiéndose en relación a algo: a un daño, a una historia, a una lucha, a una advertencia heredada. Incluso cuando creyó haber salido de ese ciclo, seguía midiendo sus decisiones en función de lo que no debía repetir.
Ahora era distinto.
No porque todo estuviera resuelto, sino porque ya no necesitaba que lo estuviera.
El mundo no se detuvo para acompañar su proceso.
La ciudad siguió con su r