Las consecuencias no llegaron juntas.
No lo hacen nunca.
Llegan por capas, como el polvo fino que se deposita cuando la tormenta ya pasó y el aire parece limpio. Nadie las anuncia. Nadie las celebra. Simplemente empiezan a formar parte del paisaje.
Adriana lo comprendió semanas después, cuando San Gregorio dejó de aparecer en titulares y conversaciones ajenas. El silencio mediático no significaba olvido; significaba normalización. El mundo había seguido adelante. El pueblo también, a su manera.
Y ella… ella estaba aprendiendo a hacerlo sin mirar atrás cada cinco pasos.
Se había quedado en la ciudad más tiempo del previsto. No por indecisión, sino por algo nuevo para ella: comodidad sin urgencia. Los días se organizaban alrededor de rutinas sencillas. Caminatas largas. Lecturas sin subrayados compulsivos. Conversaciones que no buscaban objetivos ocultos.
Ese cambio la desconcertaba.
Durante años había creído que vivir con intensidad era sinónimo de estar alerta. Ahora descubría u