Epílogo

Adriana... No volvió a San Gregorio. No porque lo negara, sino, porque ya no lo necesitaba.

Durante un tiempo, Adriana creyó que eso significaba huir. Le tomó meses —y mucho silencio— comprender que no regresar también podía ser una forma de respeto. Hacia ella. Hacia lo vivido. Hacia el proceso que ya no requería su presencia para sostenerse.

San Gregorio siguió existiendo sin ella.

A veces lo recordaba en escenas mínimas: una tarde demasiado quieta, una conversación que evitaba lo importante, una calle donde el silencio tenía peso propio. Otras veces aparecía en sueños, ya no como amenaza, sino como paisaje. Un lugar que había sido tránsito, no destino.

Eso fue lo primero que cambió: el pasado dejó de interrumpir el presente.

Adriana construyó una vida que no necesitaba ser justificada. No era espectacular. No era ejemplar. Era honesta.

Trabajaba lo suficiente para sostenerse sin agotarse. Leía sin subrayar. Escribía sin intención de publicación. Había dejado de usar la escrit
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