Adriana... No volvió a San Gregorio. No porque lo negara, sino, porque ya no lo necesitaba.
Durante un tiempo, Adriana creyó que eso significaba huir. Le tomó meses —y mucho silencio— comprender que no regresar también podía ser una forma de respeto. Hacia ella. Hacia lo vivido. Hacia el proceso que ya no requería su presencia para sostenerse.
San Gregorio siguió existiendo sin ella.
A veces lo recordaba en escenas mínimas: una tarde demasiado quieta, una conversación que evitaba lo importan