San Gregorio no había cambiado o tal vez sí, pero solo en lo superficial.
Las fachadas tenían pintura nueva, algunos negocios habían cambiado de nombre, y el camino de entrada estaba mejor asfaltado. Sin embargo, el aire… el aire era el mismo. Denso. Silencioso. Expectante.
Adriana lo sintió apenas bajó del auto y no fue nostalgia, fue reconocimiento de lo que conocía y su antigua vida.
Aquí aprendí a callar, pensó. Y aquí voy a aprender a hablar sin temblar.
Caminó despacio por la calle principal, ignorando las miradas que empezaban a seguirla con curiosidad. No todos la reconocían de inmediato, pero algo en su forma de moverse generaba atención. No parecía visitante. Tampoco vecina.
Parecía alguien que regresaba con un propósito.
Carlos la observaba a unos metros de distancia. No caminaban juntos por estrategia, no por distancia emocional. Habían acordado algo simple: ella entraba primero, él miraba el pulso del lugar.
—Siguen igual —murmuró él por el auricular— Demasiado at