La invitación llegó escrita a mano. No por romanticismo. Por control.
Adriana la encontró deslizada bajo la puerta del hospedaje cuando regresó al atardecer. El papel era grueso, de esos que no se doblan con facilidad. El trazo, firme, cuidado. Cada detalle gritaba lo mismo: esto no es improvisado.
> “Queremos conversar. Por el bien del pueblo.”
Hora.
Lugar.
Sin firmas.
Adriana sostuvo la tarjeta unos segundos entre los dedos.
—La paz siempre llega con condiciones —murmuró— Y casi nunca beneficia a todos.
Guardó la invitación en el bolso. No decidió nada aún. No por duda, sino porque había aprendido que responder de inmediato era conceder ventaja.
Carlos la llamó minutos después.
—Se están moviendo —dijo— Rápido.
—Lo sé —respondió Adriana— Ya me invitaron.
Silencio al otro lado de la línea.
—¿Vas a ir?
Adriana caminó hasta la ventana.
—No ir sería dejarles el relato —respondió— Ir… es aceptar el terreno.
—Ese terreno es una trampa —dijo Carlos—Van a pedirte algo a cambi