La traición no siempre llega gritando.
A veces se sienta frente a ti con una taza de café entre las manos, con la voz temblorosa de alguien que dice preocuparse, con frases que comienzan en “solo quiero ayudarte” y terminan en “tal vez deberías parar”.
Adriana entendió eso cuando abrió la puerta y encontró a Laura de pie en el pasillo.
Laura había sido parte de su vida durante años.
No una amiga íntima, pero sí constante.
Una de esas presencias que sobreviven al tiempo porque nunca incomodan demasiado.
—No esperaba verte —dijo Adriana, sin dureza, pero sin calidez.
Laura bajó la mirada.
—Lo sé… pero necesitaba hablar contigo.
Adriana dio un paso al costado y la dejó entrar.
El departamento estaba en silencio.
No un silencio vacío, sino uno cargado de papeles, decisiones y renuncias recientes.
Laura miró alrededor.
—Esto… —murmuró— todo esto se te fue de las manos.
Adriana cerró la puerta con calma.
—No —respondió— Por primera vez, no.
Laura suspiró.
—Adriana, estás forzando a la gente