Adriana llegó al lugar del encuentro diez minutos antes de la hora acordada.
No por ansiedad, sino, por control.
El café estaba casi vacío. Un espacio amplio, demasiada luz, demasiadas ventanas. El tipo de lugar donde nadie espera que ocurran confesiones importantes, y por lo mismo, el más adecuado.
Eligió una mesa desde donde pudiera ver la puerta, el reflejo de la calle y el fondo del local.
Se sentó derecha, las manos relajadas sobre la mesa, la mirada firme.
No estás aquí para consolar, se dijo.
Estás aquí para escuchar.
A los pocos minutos, la puerta se abrió.
El hombre que entró dudó apenas al verla.
No parecía un villano y eso era lo inquietante.
Era común.
Demasiado común.
—Adriana —dijo, acercándose— Gracias por venir.
Ella no se levantó.
—Siéntate —respondió— Y habla.
El hombre obedeció.
Sus manos temblaban ligeramente.
—No quiero dinero. No quiero acuerdos. Solo… —tragó saliva— solo quiero que sepas que no todos sabíamos lo que Nicolás hacía después.
Adriana lo observó con