El auditorio no estaba lleno, pero tampoco vacío.
Era el tipo de aforo calculado para que nadie pudiera decir que aquello había pasado desapercibido… ni que se había vuelto un circo.
Adriana llegó sola.
No porque no hubiera ofrecimientos de acompañarla. Sino porque entendía algo esencial: cuando una mujer habla desde la verdad, debe entrar sin escolta.
Caminó por el pasillo central con paso firme.
No erguido en exceso.
No desafiante.
Presente.
Sintió las miradas clavarse en su espalda, no como cuchillos, sino como lupas. La estaban observando para medirla para detectar grietas, para decidir si valía la pena creerle… o destruirla.
No les voy a dar ni miedo ni espectáculo, pensó.
Les voy a dar claridad.
Tomó asiento en la mesa asignada.
A su alrededor, académicos, representantes institucionales, periodistas.
Personas acostumbradas a hablar sin exponerse del todo.
Adriana cruzó las manos sobre la mesa y respiró hondo.
Recordó a su madre.
“Cuando te escuchen sin poder interrumpirte, Adria