La ciudad despertó con una calma artificial, de esas que solo existen después de una tormenta que nadie vio caer.
Adriana caminaba por la vereda con el paso firme de siempre, pero por dentro llevaba una fisura que no terminaba de cerrarse.
San Gregorio había quedado atrás, o eso intentaba convencerse pero la verdad era otra: el pueblo no se abandona del todo cuando ha marcado la piel.
Desde la noche en la iglesia, Adriana sentía una presencia constante.
No una sombra específica.
No una figura clara.
Sino algo más inquietante: la sensación de ser observada por una memoria colectiva, por hombres que sabían y habían callado durante años.
Carlos lo sabía también.
Por eso no la llamó.
Por eso no apareció.
Por eso el silencio entre ambos no era ausencia, sino estrategia.
Adriana entró a su departamento y cerró la puerta con cuidado. El sonido del cerrojo resonó más fuerte de lo normal.
Dejó el bolso sobre la mesa y se apoyó en ella, respirando hondo.
—Tranquila —se dijo en voz baja— No mire