La ciudad despertó con una calma artificial, de esas que solo existen después de una tormenta que nadie vio caer.
Adriana caminaba por la vereda con el paso firme de siempre, pero por dentro llevaba una fisura que no terminaba de cerrarse.
San Gregorio había quedado atrás, o eso intentaba convencerse pero la verdad era otra: el pueblo no se abandona del todo cuando ha marcado la piel.
Desde la noche en la iglesia, Adriana sentía una presencia constante.
No una sombra específica.
No una figura c