Adriana no durmió. No porque tuviera miedo. No porque las imágenes de la iglesia volvieran una y otra vez.
No.
No durmió porque algo dentro de ella se había acomodado en su lugar correcto, como una pieza que por fin encajaba después de años forzada en el espacio equivocado.
La madrugada la encontró sentada frente al espejo del baño, el cabello recogido, el rostro limpio, sin maquillaje. Se observó con detenimiento, sin juicio, sin suavidad.
—Basta —dijo en voz baja.
La mujer que la miraba desde