Adriana no durmió. No porque tuviera miedo. No porque las imágenes de la iglesia volvieran una y otra vez.
No.
No durmió porque algo dentro de ella se había acomodado en su lugar correcto, como una pieza que por fin encajaba después de años forzada en el espacio equivocado.
La madrugada la encontró sentada frente al espejo del baño, el cabello recogido, el rostro limpio, sin maquillaje. Se observó con detenimiento, sin juicio, sin suavidad.
—Basta —dijo en voz baja.
La mujer que la miraba desde el reflejo no era la misma que había vuelto a San Gregorio.
Tampoco era la que había amado con cautela.
Ni siquiera la que había tenido miedo de parecer demasiado.
Era otra.
Una que entendía algo fundamental: No se sobrevive pidiendo permiso.
Se levantó y caminó por el departamento con pasos firmes. Abrió ventanas. Dejó entrar el aire frío. La ciudad comenzaba a moverse y ella con ella.
Carlos había sido claro: visibilidad estratégica pero Adriana comprendía algo más profundo: No bastaba con se