El nombre quedó suspendido en la cocina como un fantasma antiguo.
Nicolás Herrera.
Adriana lo repitió en silencio, como si estuviera probando el peso de una palabra que había bloqueado de su memoria durante años. Era un nombre que no encajaba con la imagen de los hombres que ella recordaba, los que se insinuaban, los que la acosaban, los que insistían en poseerla.
Nicolás… no era como ellos.
Era distinto.
Demasiado distinto.
Carlos percibió que Adriana no se movía, que su cuerpo había adoptado una quietud rígida, la misma que había visto en algunas víctimas cuando una pieza del pasado regresaba de forma violenta.
—¿Lo recuerdas? —preguntó él, con voz suave.
Adriana no respondió.
No de inmediato.
Doña Teresa rellenó las tazas de té como si el acto le permitiera mantenerse anclada en la realidad.
—Ese niño… —comenzó la mujer, mirando su taza— Nunca hablaba. Solo miraba y cuando uno se daba cuenta de que estaba ahí… desaparecía.
Carlos cruzó los brazos.
—¿Qué ed