Capítulo 41

La decisión quedó flotando en el aire como un pacto silencioso.

San Gregorio.

El nombre, dicho en voz alta, tenía el peso de una maldición.

Carlos se levantó del sofá y caminó hacia la cocina, más para moverse que porque necesitara algo. Abrió un cajón, lo cerró, abrió otro. Estaba inquieto, cargado, con esa energía del que sabe que va directo a un lugar que va a doler.

Adriana lo siguió con la mirada.

—No tienes que hacer esto —dijo, con voz baja.

—Claro que sí —respondió él, sin mirarla— Es lo único que tiene sentido ahora.

—No —insistió ella— Tú tienes otros casos. Otra vida. Otra historia. San Gregorio es mi infierno. No el tuyo — Carlos se giró al fin.

Sus ojos se encontraron en el centro de la sala, como si todo el mundo se hubiera encogido para dejarlos solos.

—Desde que tú cruzaste esa puerta —dijo despacio—, tus infiernos dejaron de ser solo tuyos.

Ella sintió la frase como un puñal dulce.

—No quiero arrastrarte —susurró.

—Ya lo hiciste —respondió él—
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