La decisión quedó flotando en el aire como un pacto silencioso.
San Gregorio.
El nombre, dicho en voz alta, tenía el peso de una maldición.
Carlos se levantó del sofá y caminó hacia la cocina, más para moverse que porque necesitara algo. Abrió un cajón, lo cerró, abrió otro. Estaba inquieto, cargado, con esa energía del que sabe que va directo a un lugar que va a doler.
Adriana lo siguió con la mirada.
—No tienes que hacer esto —dijo, con voz baja.
—Claro que sí —respondió él, sin m