El silencio que siguió a la frase del hombre fue brutal.
“Incluido él.”
Carlos sintió una punzada en el estómago, no tanto por la acusación —era evidente que se refería al pueblo, no a él—, sino por la forma en que lo dijo, como si supiera algo que él no.
Adriana retrocedió un paso.
El mundo se le estaba estrechando, sofocante, como si San Gregorio fuera un animal herido que se despertaba después de años.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Carlos, acercándose al hombre con calma tensa.
El hermano de Mateo apretó los labios.
Era un hombre de manos grandes, curtidas, barba sin afeitar, y una mirada que llevaba en sí el peso de demasiados funerales.
—Entra —dijo— Les explicaré dentro. No quiero que nadie nos vea hablando aquí.
La urgencia en su voz era real.
Carlos abrió la puerta por completo. El hombre entró.
Doña Teresa cerró detrás de él, y la casa pareció encogerse aún más con tantas tensiones cruzadas.
El hombre tomó asiento en la mesa.
No esperó a que