Salió del apartamento. Necesitaba aire
La tarde caía, y el viento arrastraba hojas húmedas por la avenida.
Adriana caminó sin rumbo, con el abrigo apretado contra el cuerpo, intentando que el frío no se le metiera también en el alma.
El cielo era un gris uniforme, sin promesas.
A cada paso sentía una presencia detrás, apenas perceptible, un ritmo de pisadas que se detenía cuando ella lo hacía. No necesitó volverse: sabía quién era.
Carlos la seguía desde la otra vereda.
No lo hacía con intención de asustarla; solo quería entender.
Quería comprobar si la intuición que le martillaba el pecho tenía fundamento o si era, otra vez, la paranoia de un investigador que no sabe apagar su oficio.
La vio entrar a una librería pequeña, donde había entrado con ella más de una vez.
La observó hablar unos segundos con el dependiente, sonreír con esa calma tan suya, comprar un libro y salir.
Nada sospechoso, se repitió.
Nada que justificara la sensación de que entre ellos algo se estaba resquebrajando