Salió del apartamento. Necesitaba aire
La tarde caía, y el viento arrastraba hojas húmedas por la avenida.
Adriana caminó sin rumbo, con el abrigo apretado contra el cuerpo, intentando que el frío no se le metiera también en el alma.
El cielo era un gris uniforme, sin promesas.
A cada paso sentía una presencia detrás, apenas perceptible, un ritmo de pisadas que se detenía cuando ella lo hacía. No necesitó volverse: sabía quién era.
Carlos la seguía desde la otra vereda.
No lo hacía con intenció