El sonido del ventilador en el techo de la oficina de Carlos era casi hipnótico, un repiqueteo constante que acompañaba el zumbido de los tubos fluorescentes. El ambiente olía a papel húmedo, café recalentado y cansancio.
Habían pasado tres días desde el último asesinato. Tres días de informes, declaraciones y cámaras de noticias a las puertas de la comisaría.
Carlos estaba sentado frente al escritorio de su superior, el comisario Rivas, un hombre de cincuenta y tantos, con ojeras profundas y una paciencia que la prensa estaba erosionando.
—Serrano, los periodistas me están comiendo vivo —dijo Rivas, golpeando suavemente el expediente con los dedos— Quieren una cara. Un responsable. Y lo que no tengo es tiempo para que sigamos dando vueltas en círculos.
Carlos inhaló despacio.
—Estamos avanzando, aunque no lo parezca.
—¿Avanzando hacia dónde? —replicó el comisario— El supuesto sospechoso mediático, Whitmore, aparece muerto y de pronto tenemos otra víctima que sigue el mismo patrón. ¿Q