El sonido del ventilador en el techo de la oficina de Carlos era casi hipnótico, un repiqueteo constante que acompañaba el zumbido de los tubos fluorescentes. El ambiente olía a papel húmedo, café recalentado y cansancio.
Habían pasado tres días desde el último asesinato. Tres días de informes, declaraciones y cámaras de noticias a las puertas de la comisaría.
Carlos estaba sentado frente al escritorio de su superior, el comisario Rivas, un hombre de cincuenta y tantos, con ojeras profundas y u