El despertador no sonó aquella mañana. No porque se hubiera olvidado de programarlo, sino porque Carlos Serrano llevaba décadas sin necesitarlo. Abría los ojos siempre antes del amanecer, como si su cuerpo hubiera aprendido a vivir en guardia permanente.
El apartamento estaba tan en silencio que podía escuchar el zumbido débil del refrigerador. Se levantó, preparó café (negro, amargo, demasiado cargado) y lo bebió de pie frente a la ventana. Desde el piso doce, la ciudad parecía tranquila, pe