El despertador no sonó aquella mañana. No porque se hubiera olvidado de programarlo, sino porque Carlos Serrano llevaba décadas sin necesitarlo. Abría los ojos siempre antes del amanecer, como si su cuerpo hubiera aprendido a vivir en guardia permanente.
El apartamento estaba tan en silencio que podía escuchar el zumbido débil del refrigerador. Se levantó, preparó café (negro, amargo, demasiado cargado) y lo bebió de pie frente a la ventana. Desde el piso doce, la ciudad parecía tranquila, pero él sabía que en esas mismas calles latía la violencia que lo mantenía atado a su oficio.
No tenía familia que lo esperara. Ni hijos, ni esposa, ni pareja estable. Nunca había querido admitirlo en voz alta, pero lo sabía: no había lugar para nadie más en su vida. De vez en cuando buscaba compañía en bares o citas rápidas, relaciones sin apellido, sin compromisos, sin promesas. Sexo sin intimidad. Era lo único que se permitía.
El resto de sus horas se lo entregaba al trabajo y aunque a vece