Cuando intento hablar, uno de sus hombres entra y le pasa un teléfono. Él no aparta los ojos de mí mientras responde. Me quema la piel con ellos. Yo solo bajo la mirada, buscando aire donde no lo hay.
—¿Sí...? —su mano sostiene mi dedo meñique con una caricia sutil.
—¿Estás hablando en serio...? Porque suena como si tuvieras ganas de morir hoy— dice sin reparo. De verdad, no sé qué demonios pasa por su cabeza. Y lo peor es que tampoco quiero saberlo.
—No puedo salir... órdenes de mi padrino. Es