Ambos respiramos con pesadez y nos miramos unos segundos.
—Nunca más te voy a volver a ver. Este fue mi pago por molestarte estos días —no dice nada; en cambio, intenta bajarse de mi regazo.
—¿Por qué llevas tanta prisa? —se remueve un poco y mi erección empieza a doler.
Nuestros sexos están muy cerca; su vestido subió hasta el punto de dejarme ver sus bragas de color blanco.
—Debiste usar sostén... —la sostengo de la nuca.
—Solo déjame ir, para ya... Tú me odias y yo a ti. Siempre nos odi