Saboreando la sangre.
Temprano en la mañana la dejo sentada en el jardín, donde el sol apenas comienza a salir, aprovechando que aún está tibio la dejo ahí unos minutos para que la cubra con su luz.
Sonríe. Una sonrisa pequeña, con los ojos cerrados, como si saboreara el calor del sol en la piel.
Por increíble que parezca, es la primera vez que la veo sonreír.
Algo extraño se retorció en mi pecho.
Pero me recompuse rápido. Quizá incluso yo necesitaba un poco de sol.
—¿Te sientes mejor?— pregunté.
Ella asiente,