Despierto sintiendo que el cuerpo me pesa.
Muevo la cabeza de un lado a otro.
Me duele mucho.
Abro los ojos y me doy cuenta de que estoy en un hospital.
Entonces la realidad me golpea.
Mi maldita realidad me golpea.
No fue un mal sueño.
Es la realidad que estoy viviendo:
Mi mujer destrozada...
Y mi hija muerta.
Me siento en la cama y suspiro.
La puerta se abre. Es mi padrino.
—¿Qué hora es? —pregunto.
—Son las ocho de la mañana. Te traje ropa. Cámbiate para que puedas ver a Sol. No es bueno que