He tenido que dejar de llamar a Sol por trabajo. Se volvió sumamente difícil en los últimos días.
Le compré un regalito y ya voy de camino a casa. Quiero darle una sorpresa. También deseo llevarla a cenar, pero prefiero no decir nada hasta que todo esté listo.
La desesperación me embarga. Quiero verla, tocar su piel, deslizar mis manos por su espalda.
Lo realmente jodido será contenerme.
No tocarla.
No follármela como se lo describí con lujuria esa vez, en esa maldita llamada que aún me quema.