Cloe levantó la cabeza, y sus ojos llenos de furia se encontraron con los de Isabella, quien estaba parada en la entrada con una expresión de superioridad.
—¿Tu marido? —espetó Cloe, poniéndose de pie y enfrentándola directamente. No sabía si era loba o que, solo notaba su piel pálida, pero extrañamente no le temía.— ¿Qué demonios estás haciendo aquí?
Isabella arqueó una ceja y esbozó una sonrisa desdeñosa.
—Lo mismo que tú, supongo. Asegurarme de que mi hombre reciba el cuidado que merece. Aun