—Preciosura, te lo diré directo y sin rodeos. Queremos venderte —dijo uno de los maleantes, con una sonrisa torcida mientras él y sus cómplices rodeaban a Elyria.
Cada vez que intentaban acercarse, ella lanzaba golpes desesperados con el palo que tenía en las manos, aferrándose a la única arma que la separaba de un destino aterrador.
—¿Venderme? ¡Ustedes venden personas! ¡Son unas escorias! —gritó, sintiendo cómo su mundo se estremecía.
El peligro era real. Ya no era un juego, ni un mal sueño