La risa burlona de Mairen retumbaba en la alcoba, y se clavaba en los oídos de Elyria como un alfiler caliente.
Con los brazos cruzados y los molares apretados hasta doler, Elyria la miraba con enojo.
Quería callarla de una bofetada, hundirle los dedos en la piel hasta arrancarle esa sonrisa maldita, pero sabía que físicamente tenía las de perder.
Sin su fuerza lobuna activa, no era más que una mosca frente a Mairen.
La humillación le ardía como fuego en el pecho. Aún sentía el escozor de la