32.
Un día mientras Bella observaba con desgana el tazón frente a ella, soltó un suspiro cargado de frustración. Estaba harta de las papillas, las sopas insípidas y los purés que no requerían el menor esfuerzo para masticar. Sentía que su estómago clamaba por algo sólido, algo con verdadera textura.
— ¿Otra vez sopa? — murmuró con una mueca.
La criada, que estaba acomodando las servilletas le dedicó una mirada de advertencia pero llena de paciencia.
— Señorita Bella, no empiece. Recuerde que su cuerpo pasó demasiado tiempo sin recibir alimento. La primera vez que intentamos darle algo más sólido terminó devolviéndolo todo y le subió una fiebre que nos dio un susto de muerte a todas — le recordó la joven.
Bella fingió una pequeña risa para restarle importancia al asunto, pero por dentro sentía que la tierra se la tragaba de la pura vergüenza.
Recordaba perfectamente ese momento bochornoso y el problema no era haber estado enferma sino que quien estuvo allí sosteniéndola y viendo aquel desa