72.
El carruaje mágico se detuvo frente a la escalinata del palacio con un suave zumbido, y antes de que el cochero pudiera siquiera bajar para abrir la puerta, Lysandra salió de un salto, con el rostro iluminado por una arrogancia renovada.
El pobre hombre, que había conducido con una precisión impecable, apenas recibió un gesto de desprecio por su parte; Lysandra movió la mano como si estuviera espantando a una mosca molesta, dándole a entender que su presencia ya no era necesaria ahora que ella