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En un rincón apartado de los jardines reales, protegida por altos setos de rosas blancas que filtraban la luz del sol se desarrollaba una de las reuniones más hipócritas y cargadas de veneno de la capital.
Lysandra, vestida con un traje de encaje dorado que gritaba opulencia, sostenía su taza de porcelana con una elegancia ensayada. Frente a ella, sentada con una rectitud imperial, se encontraba Sofía.
Aunque técnicamente era la amante del rey Teo Dan, Sofía se movía, vestía y ordenaba con la a