33.

A pesar de su resistencia inicial a tener una sombra, Bella tuvo que admitir que Anna era una bendición. Sus manos parecían tener un don; cuando la ayudaba a estirarse o le daba masajes para aliviar el entumecimiento de sus músculos atrofiados Bella sentía que la tensión abandonaba su cuerpo como si fuera magia.

Además, la doncella resultó ser mucho más gentil y dócil de lo que su mirada filosa sugería era una conversadora experta que sabía cuándo hablar y cuándo simplemente escuchar el silencio.

Esa tarde, Bella se encontraba sentada frente al tocador mientras Anna deslizaba el cepillo con una delicadeza rítmica, desenredando cada hebra de su cabello y preparándolo para un peinado sencillo pero elegante.

— El Ducado siempre se enorgullece de estar al corriente con lo último en moda en la capital — comentó Anna, mientras dejaba el cepillo y se dirigía al gran armario de madera tallada para buscar algo que Bella pudiera usar — Sin embargo, tenemos un pequeño inconveniente. Desde la mue
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